[OPINIÓN] ¿Qué espera este pueblo para despertar?

Por Marimer Lanza González-Rodiles

Yo trato de analizarlo, pero me está resultando difícil llegar a una respuesta que me haga entender qué es lo que nos está pasando como pueblo.

En el 2019, el pueblo se tiró a la calle y se logró sacar a un gobernador.

Y siendo sincera, a él lo sacaron por mucho menos de lo que esta gobernadora le está haciendo a la isla.

¿Acaso el pueblo ha llegado a un punto en el cual la corrupción la ha normalizado?

¿Acaso se resignaron a que esto es lo que nos merecemos como pueblo?

Todas las semanas, casi todos los días la información que nos llega es de actos de corrupción, chanchullos, jefes de agencias con pasados turbios en sus ejecutorias, contratos millonarios para allegados y amigos del alma, contrataciones de familiares con jugosos sueldos, privilegios sobre la ley para familiares, evasores contributivos, carpeteo, persecuciones, coartar la libertad de la prensa independiente, despilfarro de fondos, compañías registradas tan pronto ganaron la gobernación para beneficiarse de contratos.

¿Qué más nos hace falta para despertar?

¿Qué más necesitamos para indignarnos?

¿Que más nos falta para levantarnos unidos como pueblo?

¡La indignación no se puede limitar a las redes sociales!

¡Ya es hora de que nuestra voz cruce fronteras y que en el resto del mundo se conozca la realidad del pésimo gobierno corrupto que administra nuestra isla!

Aquí la indignación no tiene partidos políticos… Aquí todos somos un solo PUEBLO, que estamos afectados con cada decisión injusta y arbitraria que esta gente está tomando sin importarles cómo está el pueblo.

Mientras el partido de la gobernación sigue discutiendo, mientras siguen arrastrándose entre ellos, Puerto Rico va a la deriva. ¡Aquí NADIE nos gobierna!

Recuerden la frasecita que se ha convertido en una realidad… “De todo menos gobernar”

Seguimos con un sistema de educación precario; un sistema de salud colapsado; nos destruyen la UPR; nuestros servidores públicos pisoteados y humillados con promesas falsas, para que mantengan la esperanza viva de que algún día se acordaran de ellos.

¡Puerto Rico no se merece menos!

¡Ya es hora de no aguantarles más!

¡De la misma manera que el pueblo los subió, tiene el mismo derecho de bajarlos!

¡Esta gente no es intocable! ¡Son nuestros empleados! ¡Y si no cumplen con su deber, hay que sacarlos!

Estamos en un punto, que no podemos esperar hasta el 2028. ¡Es demasiado tiempo para que esta gente termine de destruirnos y robarnos lo poco que nos queda!

¡BORICUA! ¡¡¡BORICUA!!!

¡No podemos seguir permitiendo que nos sigan pisoteando! ¡Que nos sigan subestimando! ¡Que se sigan burlando!

Demostremos que ni «Así de brutos son» y que «Cogen de pendejo hasta a los nuestros»…

¡¡Y NO!! NO LE VAMOS A PERMITIR QUE SU SUEÑO SE HAGA REALIDAD; ¡¡¡¡¡UN PUERTO RICO SIN PUERTORRIQUEÑOS!!!!!

[COLUMNA] ¿Fe o apariencia? Lo que realmente define a un buen cristiano hoy

En tiempos donde la fe muchas veces se exhibe más de lo que se practica, surge una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué significa realmente ser un buen cristiano hoy?

Vivimos en una era donde la religión ha encontrado nuevos púlpitos —las redes sociales, la política, los discursos públicos— y donde declararse creyente parece, en ocasiones, más importante que vivir como tal. Se cita la Biblia, se invoca el nombre de Dios, se proclaman valores… pero cuando miramos la conducta, la coherencia muchas veces se diluye.

Porque el cristianismo, en su esencia, no es una identidad cultural ni una etiqueta ideológica. Es una práctica. Es conducta. Es decisión diaria.

Jesucristo no definió a sus seguidores por lo que decían, sino por lo que hacían. No preguntó cuántas veces alguien oraba en público, sino cómo trataba al pobre, al enfermo, al marginado. No midió la fe por palabras, sino por acciones. Y ahí es donde comienza el problema contemporáneo: hemos aprendido a proyectar fe sin necesariamente vivirla.

Hoy vemos líderes que hablan de valores cristianos mientras promueven división. Personas que se identifican como creyentes, pero carecen de empatía hacia el prójimo. Discursos cargados de moral religiosa que no siempre se traducen en justicia, compasión o humildad. Y entonces, la fe se convierte en apariencia.

Ser un buen cristiano no es proclamarse como tal. Es perdonar cuando es más fácil odiar. Es ayudar sin esperar reconocimiento. Es actuar con integridad incluso cuando nadie está mirando. Es defender la dignidad humana, no solo cuando es conveniente, sino siempre.

También implica reconocer las propias fallas. El cristianismo no exige perfección, pero sí exige honestidad. No se trata de no equivocarse, sino de no justificar el error ni convertirlo en norma. La fe verdadera incomoda, porque obliga a examinarse constantemente.

En Puerto Rico —y en muchas otras sociedades— la religión sigue siendo un elemento central de identidad. Pero esa centralidad pierde valor cuando se reduce a rituales, consignas o símbolos. Una cruz en el cuello no sustituye la justicia en los actos. Una oración pública no reemplaza la compasión real.

La pregunta entonces no es quién dice ser cristiano, sino quién vive como tal.

Quizás el mayor reto de nuestro tiempo no es defender la fe, sino rescatar su autenticidad. Volver a lo esencial. Entender que el cristianismo no se demuestra en el volumen de las palabras, sino en la profundidad de las acciones.

Porque al final, la diferencia entre fe y apariencia es simple:

LA APARIENCIA SE VE… LA FE SE VIVE…

[COLUMNA] Cuando el Estado quiere silenciar a la prensa

Por Carlos F. Ramos Hernández

Los ataques infundados e incluso violentos contra periodistas y medios de comunicación en Estados Unidos, Puerto Rico y el mundo se han convertido cada vez más en algo de todos los días. Existen menos voces críticas que cuestionan al oficialismo. Y no es de extrañar, las amenazas a la libertad de prensa, en sus múltiples manifestaciones, se reflejan en los datos recopilados por organizaciones no gubernamentales regionales y mundiales.

Estados Unidos hoy ocupa el puesto 57 de 180 países en el Índice Mundial de Libertad de Prensa de la organización Reporteros Sin Fronteras, su peor clasificación desde que el ranking comenzó en 2002. En ese país, el año pasado se registraron más de 30 arrestos o detenciones de periodistas durante la cobertura de protestas. Según el Committee to Protect Journalists, en 2025 fueron asesinados 129 periodistas y trabajadores de medios en todo el mundo, la peor cifra en más de tres décadas. La mayoría de estas muertes provienen de zonas de guerra, en particular, las causadas por el Gobierno de Israel durante el genocidio en Palestina.

Aunque hay grados y extremos en los ataques a la prensa, un elemento es común en todos: al silenciar, el Estado busca intimidar, empleando tácticas de miedo y autocensura, en los periodistas que buscan informar sobre la gestión gubernamental. Estas prácticas facilitan la manipulación de las narrativas y limitan el flujo de información confiable.

Sin embargo, hay reporteros valientes que insisten en hacer preguntas incómodas, buscar la verdad y defender la democracia y las libertades civiles a toda costa.

Una persona que ha estado luchando en defensa del periodismo en el hemisferio y a nivel internacional es David McCraw, vicepresidente senior y abogado principal del periódico The New York Times y profesor de la Escuela de Derecho de Harvard.

En su trayectoria de más de dos décadas, McCraw ha dirigido el equipo legal de uno de los periódicos más influyentes en el mundo. Bajo su liderazgo, se han presentado más de 150 demandas de acceso a la información pública a nivel federal y estatal, y ha sido pieza clave para dar asesoramiento legal en investigaciones de gran interés público. Por ejemplo, apoyó legalmente a sus periodistas y editores sobre cómo publicar las revelaciones de WikiLeaks, la página web dedicada a publicar documentos filtrados de gobiernos y organizaciones, así como los documentos confidenciales del Gobierno estadounidense que reveló Edward Snowden, el exagente de la National Security Agency. McCraw también asesoró a periodistas en la cobertura del movimiento global #MeToo, que impulsó denuncias públicas contra el acoso y abuso sexual, y que precipitó la caída del productor de cine y agresor sexual, Harvey Weinstein. Además de este trabajo directo con reporteros del Times, McCraw está a cargo de dirigir los esfuerzos logísticos, diplomáticos y legales de “manejo de crisis” para la liberación de periodistas o freelancers que son secuestrados o detenidos en el extranjero y que muchas veces trabajan en zonas de conflicto.

Durante su visita a Puerto Rico que inicia el lunes 16 de marzo, como orador de la conferencia magistral organizada por el Centro de Periodismo Investigativo (CPI), McCraw hablará sobre las batallas legales más recientes del Times contra la administración del presidente de Estados Unidos Donald J. Trump. Uno de esos litigios encuentra resonancia en un enfrentamiento reciente entre el CPI y la administración de la gobernadora Jenniffer González Colón: la restricción del acceso a conferencias y espacios públicos por no contar con una credencial de prensa “oficial”.

El New York Times tuvo que demandar al Departamento de Defensa, ahora de Guerra, y su secretario Pete Hegseth para impugnar las nuevas reglas del Pentágono que restringen cómo los periodistas pueden acceder a esa agencia. En una actuación sin precedentes, la nueva política, bajo la administración Trump, exige a todo periodista firmar un “acuerdo de compromiso” de no solicitar ni publicar información que no haya sido autorizada oficialmente por el Departamento de Guerra, aun si se trata de datos públicos y no confidenciales. El periódico, que en este litigio cuenta con el apoyo de múltiples medios y organizaciones a favor de la libertad de prensa, sostiene ante un foro judicial que esta es una clara violación de la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos.

Acá en Puerto Rico, el CPI recientemente obtuvo una importante victoria en los tribunales cuando la jueza superior Iris L. Cancio González del Tribunal de Primera Instancia de San Juan ordenó a la gobernadora González Colón y a su Oficial de Prensa, Marieli Padró, que desistieran de solicitar la credencial emitida por el Departamento de Estado como condición para acceder a La Fortaleza y cubrir a la Primera Ejecutiva y a los jefes de su gabinete. En su sentencia, la jueza enfatizó que “el derecho a la libertad de prensa de los demandantes se está coartando al negarles el acceso a información gubernamental valiosa, sobre la cual puedan publicar o transmitir”. Aunque el Gobierno anunció que pretende apelar la determinación, desde que se emitió el fallo judicial, los periodistas del CPI han podido entrar a la mansión ejecutiva para ejercer su oficio y participar de las conferencias de prensa que allí se celebran. Además, tras el fallo, la administración de González Colón dejó de exigir la credencial de prensa en sus convocatorias.

El mimetismo en el trato a la prensa del presidente Trump y la gobernadora González Colón ha sido evidente desde el inicio de ambas administraciones. Este último litigio sobre el carnet de prensa, que habíamos anticipado hace varios meses, evidencia que están dispuestos, cada vez más, a tratar de empujar la raya de lo legal y razonable. 

Sin dudas, la historia reciente demuestra que los intentos del Estado de restringir el acceso a la información y silenciar a la prensa no son excepciones, sino actuaciones recurrentes de quienes temen ser fiscalizados. Más allá del carnet “oficial” y de las nuevas limitaciones de la Ley de Transparencia, en Puerto Rico vemos que los intentos por acallar a periodistas se dan de muchas otras maneras. Quieren que los periodistas enmudezcan cuando el Estado busca influenciar en las líneas editoriales o cambiar las portadas de los periódicos, como se evidenció en el infame Chat de Telegram. Tratan de ocultar información cuando los funcionarios se niegan consistentemente a ser entrevistados para rendir cuentas de su gestión pública. Buscan amordazar a los reporteros con ataques verbales y burlas de sus líderes políticos por hacer preguntas incómodas.

Cuando hace un año tuve la oportunidad de tomar el curso que ofrece McCraw en la Escuela de Derecho de Harvard, jamás imaginé que, al invitarlo a Puerto Rico, su estadía coincidiría con un momento en el que The New York Times y el Centro de Periodismo Investigativo encaran batallas legales similares contra distintos gobiernos. Mientras él enfrenta en los tribunales las ofensivas antidemocráticas de la Casa Blanca, acá seguimos defendiendo el derecho a saber e informar frente a los caprichos del poder en La Fortaleza y el Capitolio.

Ante estas realidades, corresponde que la ciudadanía permanezca vigilante y alerta. La visita del abogado de The New York Times resulta oportuna para reflexionar, como país, sobre las experiencias de una persona que lleva años defendiendo en los tribunales y en la esfera pública, como también hacemos desde el CPI, a periodistas que no temen indagar, investigar y publicar trabajos que fiscalizan y denuncian los abusos del poder gubernamental.

Llamado urgente a detectar a tiempo las enfermedades de la tiroides en Puerto Rico

La Sociedad Puertorriqueña de Endocrinología y Diabetología (SPED) advierte que muchos casos permanecen sin diagnóstico y pueden afectar desde la niñez hasta la adultez mayor

SAN JUAN: En el marco de la celebración de marzo como Mes de Alerta sobre las Enfermedades de la Tiroides, la Sociedad Puertorriqueña de Endocrinología y Diabetología (SPED) hizo un llamado urgente a la ciudadanía y a la comunidad médica para reforzar la detección temprana, el diagnóstico oportuno y el tratamiento adecuado de las enfermedades tiroideas, condiciones que afectan significativamente la calidad de vida y pueden manifestarse desde la infancia hasta la adultez mayor.

“La enfermedad tiroidea puede presentarse en cualquier etapa de la vida y, cuando no se detecta a tiempo, impacta funciones esenciales como el metabolismo, el crecimiento, la salud cardiovascular, el estado de ánimo y el bienestar general. Nuestro llamado es a reconocer los síntomas tempranos y promover evaluaciones oportunas que permitan intervenciones efectivas”, expresó la doctora Melba Feliciano Emmanuelli, endocrinóloga y presidenta de la Sociedad Puertorriqueña de Endocrinología y Diabetología. “El diagnóstico temprano y el tratamiento basado en evidencia científica permiten a los pacientes mantener una vida plena y productiva, evitando complicaciones que muchas veces son prevenibles”.

Se estima que la prevalencia general de enfermedad tiroidea en la Isla oscila entre 20% y 23%, con variaciones importantes según la edad y el sexo. Las mujeres presentan una mayor incidencia a lo largo de la vida, desde el hipotiroidismo autoinmune en la adultez temprana hasta la presencia de nódulos tiroideos hipo o hiperfuncionantes en mayores de 60 años, además del cáncer de tiroides, que puede aparecer en cualquier edad. En términos generales, las enfermedades tiroideas son entre cinco y ocho veces más frecuentes en mujeres que en hombres.

En niños y adolescentes, la prevalencia estimada fluctúa entre 1% y 2%, siendo la tiroiditis de Hashimoto la causa más común de hipotiroidismo, particularmente en presencia de enfermedades autoinmunes asociadas. En mujeres adultas jóvenes, la prevalencia varía entre 8% y 15%, mientras que en adultos mayores el hipotiroidismo – especialmente el subclínico – puede alcanzar entre 10% y 15%. Asimismo, en personas mayores de 60 años, entre 50% y 70% pueden presentar nódulos tiroideos asintomáticos que se descubren incidentalmente. En este grupo de edad, el bocio multinodular con hipertiroidismo por nódulos hiperfuncionantes es común y puede manifestarse con síntomas atípicos, lo que requiere un alto índice de sospecha clínica para lograr un diagnóstico adecuado.

Una de las condiciones de mayor preocupación en Puerto Rico es el cáncer de tiroides, cuya incidencia alcanza aproximadamente 40 casos por cada 100,000 habitantes según datos recientes, afectando principalmente a mujeres entre los 30 y 60 años, aunque puede presentarse en cualquier etapa de la vida. En la población pediátrica es poco frecuente, representando entre 1.5% y 2% de los cánceres infantiles y cerca del 12% de los cánceres en adolescentes entre 15 y 19 años.

La SPED destacó que las enfermedades tiroideas constituyen un importante problema de salud pública debido a que continúan siendo subdiagnosticadas, especialmente en poblaciones vulnerables. La detección tardía o el manejo inadecuado puede derivar en complicaciones significativas que afectan múltiples sistemas del organismo, incluyendo alteraciones en el crecimiento y desarrollo físico e intelectual durante la infancia y adolescencia, problemas cardiovasculares como arritmias, hipertensión e insuficiencia cardíaca, dislipidemias y trastornos metabólicos en la adultez, complicaciones durante el embarazo y el desarrollo fetal, así como deterioro cognitivo, depresión y fragilidad en adultos mayores, condiciones que con frecuencia se confunden con el proceso natural de envejecimiento.

La organización enfatiza la importancia de la detección temprana mediante pruebas de cernimiento adecuadas y confiables que permitan confirmar la presentación clínica del paciente y garantizar un cuidado oportuno, necesario y apropiado para las personas con disfunción tiroidea.

En conferencia de prensa, el Departamento de Salud de Puerto Rico otorgó una proclama a SPED que decreta a marzo como el Mes Nacional sobre las Enfermedades del Tiroides en Puerto Rico. SPED que agrupa aproximadamente 179 médicos especialistas en las condiciones de tiroides, celebrará durante este mes, diversas actividades educativas para orientar a la comunidad.

Dra. Elba Monroig Sierra presenta: TU CAMINO AL BIENESTAR, UNA GUÍA CLÍNICA PARA SOSTENER LA SALUD MENTAL EN TIEMPOS DE CRISIS PERMANENTE

SAN JUAN: Vivimos en lo que muchos expertos describen como una era de crisis continua: conflictos geopolíticos, incertidumbre económica, polarización social, sobreexposición digital y una cultura de productividad que no descansa. El resultado es visible: agotamiento crónico, ansiedad sostenida y una sensación generalizada de desconexión interna.

Ante este escenario, la Dra. Elba Monroig Sierra, psicóloga clínica y coach, lanza Tu camino al bienestar: 7 pautas para sanar en cuerpo, mente y alma, una propuesta que va más allá del discurso aspiracional del “pensar positivo” y plantea un modelo de bienestar estructurado, consciente y clínicamente fundamentado.

“El bienestar no puede depender de que el mundo esté en calma. Necesitamos aprender a sostenernos incluso cuando el entorno es incierto”, afirma la Dra. Monroig Sierra.

El libro presenta siete pautas prácticas que integran psicología clínica, trabajo con el trauma desde el cuerpo (Focusing), revisión de creencias limitantes, desarrollo del propósito de vida, autovaloración y consciencia del ser. Más que una invitación motivacional, se trata de una hoja de ruta para personas que desean reconstruir estabilidad interna en medio de la sobrecarga emocional contemporánea.

Mientras las conversaciones globales sobre salud mental crecen —especialmente en torno al burnout profesional y la fatiga emocional— la autora propone una mirada integral que une ciencia, cuerpo y espiritualidad aplicada sin perder rigor ético ni profesional.

Dirigido a profesionales, líderes, emprendedores y personas que atraviesan procesos de transformación personal, Tu camino al bienestar ofrece herramientas concretas para responder a una pregunta urgente: ¿cómo mantener equilibrio cuando el mundo no lo tiene?

El libro ha sido publicado bajo el sello editorial Portadas PR y está disponible en librerías de Puerto Rico, Amazon y Elbamonroig.com.

[COLUMNA] Therians: ¿Búsqueda de identidad o síntoma de una generación desorientada?

El fenómeno ha ganado visibilidad en redes sociales y genera preguntas legítimas sobre identidad, cultura juvenil y el papel de la sociedad frente a nuevas formas de autoidentificación.

En la era digital, la identidad ya no es un proceso íntimo. Es contenido.

En las últimas semanas ha comenzado a discutirse con mayor frecuencia el término “Therians”: jóvenes que afirman identificarse —a nivel interno o psicológico— con animales no humanos. Lobos, tigres, zorros, aves o reptiles se convierten en referentes simbólicos de una identidad que, según quienes la adoptan, no se siente completamente humana.

La pregunta no es si existe el fenómeno. La pregunta es qué significa.

Más que una moda viral

El término proviene del griego therion, que significa “animal salvaje”. En su forma contemporánea, describe a personas que sostienen que su identidad interna está vinculada a un animal específico.

No es un diagnóstico médico reconocido.

No es una transformación física.

No es, necesariamente, un trastorno clínico.

Es una narrativa identitaria.

Sin embargo, cuando una narrativa se vuelve colectiva y viral, deja de ser individual y se convierte en fenómeno cultural.

Redes sociales: amplificadores de identidad

TikTok, Instagram y foros digitales han permitido que experiencias aisladas encuentren comunidad inmediata. Lo que antes podía ser una exploración privada hoy se convierte en tendencia pública.

Las plataformas digitales premian lo diferente.

La diferencia genera atención.

La atención genera validación.

Y en la adolescencia, la validación es moneda poderosa.

Identidad simbólica y vacío generacional

Identificarse con un lobo puede simbolizar fortaleza o independencia.

Con un gato, autonomía.

Con un ave, libertad.

En muchos casos, el animal funciona como metáfora emocional. Pero cuando la metáfora sustituye la identidad humana básica, surge el debate legítimo.

¿Estamos ante una exploración simbólica inofensiva?

¿O ante una señal de desconexión social más profunda?

No se trata de ridiculizar. Tampoco de aceptar acríticamente.

Se trata de analizar.

El papel de la familia, la escuela y el Estado

Toda generación atraviesa procesos de redefinición. Lo que distingue este momento histórico es la velocidad y la exposición pública.

Cuando fenómenos como el therianismo comienzan a aparecer en entornos escolares o espacios institucionales, la discusión deja de ser cultural y pasa a ser de política pública.

¿Debe el sistema educativo validar toda identidad autoasumida?

¿Debe intervenir?

¿Debe limitarse a observar?

Estas preguntas no son ataques. Son parte del deber democrático de deliberar.

Más allá del escándalo

El fenómeno Therian no redefine la biología.

Redefine, para algunos jóvenes, su narrativa personal.

Y tal vez esa sea la clave: estamos ante una generación que no solo cuestiona estructuras sociales tradicionales, sino la propia definición de lo humano como categoría cerrada.

Ignorar el fenómeno sería irresponsable.

Alarmarse sin contexto también lo sería.

Lo sensato es discutirlo con datos, con calma y con profundidad.

Porque detrás de cada tendencia viral hay una pregunta más grande que la moda:

¿Qué está buscando esta generación cuando decide sentirse algo distinto a lo que siempre hemos entendido como humano?

Ahí es donde comienza el verdadero debate.

[EDITORIAL] La inteligencia artificial y el poder de manipular la verdad

Conversando en estos días con el licenciado Federico Subervi, quien organiza, junto a otros profesionales un ciclo de conferencias sobre la Comunicación política en tiempos de la Inteligencia Artificial, estuvimos reflexionando sobre ese impacto en la cobertura periodística.

La inteligencia artificial se nos ha vendido como una maravilla tecnológica capaz de optimizar procesos, democratizar el acceso a la información y facilitar la creación de contenido. Y todo eso es cierto. Pero también es cierto que, en el terreno político, la IA se está convirtiendo en una de las herramientas más peligrosas para la democracia moderna.

No por lo que es, sino por quién la usa y para qué.

La historia demuestra que cada avance tecnológico termina siendo absorbido por las estructuras de poder. La imprenta, la radio, la televisión y las redes sociales pasaron por ese proceso. La inteligencia artificial no es la excepción. La diferencia es que ahora la manipulación puede ser automática, masiva y casi invisible.

Hoy, la IA permite fabricar discursos políticos personalizados, diseñados no para informar, sino para provocar emociones específicas: miedo, ira, resentimiento o falsa esperanza. Ya no se trata de convencer con ideas, sino de activar impulsos. La política deja de ser un debate de propuestas para convertirse en una guerra psicológica silenciosa.

El problema se agrava cuando esta tecnología se utiliza para producir desinformación. Noticias falsas con apariencia legítima, imágenes manipuladas, audios fabricados y narrativas diseñadas para sembrar dudas. El objetivo no siempre es que la gente crea una mentira, sino algo peor: que deje de creer en todo.

Cuando el ciudadano ya no distingue entre verdad y ficción, el terreno queda listo para el cinismo, la apatía y el autoritarismo. Una población confundida es una población fácil de controlar.

Ante este escenario, algunos plantean la regulación de la inteligencia artificial como solución. Y sí, regular es necesario. Pero también es peligroso si se hace sin transparencia ni participación ciudadana. En manos equivocadas, la regulación puede convertirse en censura, en control del discurso y en una nueva forma de poder político.

Por eso, el verdadero contrapeso no está solo en las leyes, sino en el periodismo responsable. En tiempos de inteligencia artificial, el periodismo ético no es un lujo: es una necesidad democrática. Verificar, contextualizar, explicar y denunciar el uso indebido de la tecnología se vuelve una función esencial.

La inteligencia artificial no crea la mentira ni la ambición de poder. Solo las amplifica. Es un espejo incómodo de nuestras debilidades como sociedad.

La pregunta de fondo no es si la IA es buena o mala. La pregunta real es esta:

¿Permitiremos que los algoritmos decidan qué es verdad, o defenderemos el criterio humano, la ética y el pensamiento crítico?

De esa respuesta depende mucho más que el futuro de la tecnología. Depende el futuro de la democracia.

[EDITORIAL] “ICE OUT”: cuando Bad Bunny pone a la política migratoria contra la pared

Con solo dos palabras —“ICE out”— el artista puertorriqueño Bad Bunny logró lo que muchos discursos políticos no han conseguido: colocar la política migratoria de Estados Unidos en el centro de una conversación global.

El mensaje, pronunciado durante la ceremonia de los Grammy 2026, no fue una propuesta legislativa ni un análisis técnico. Fue una objeción moral. Un cuestionamiento directo a la deshumanización que rodea el debate migratorio y al rol de ICE como símbolo de una política percibida por amplios sectores como punitiva y excluyente.

Para Puerto Rico, el mensaje tiene un peso particular. ICE opera en la Isla y sus acciones afectan comunidades migrantes que forman parte del tejido social y económico del país. Sin tener poder decisional sobre la política federal, Puerto Rico sí enfrenta sus consecuencias. Esa contradicción convierte el mensaje de Bad Bunny en algo más que activismo simbólico: lo convierte en un recordatorio incómodo de nuestra posición política.

“Ice out” no va a eliminar una agencia federal. Pero sí reconfigura el debate público. En momentos en que la política institucional parece incapaz de generar consenso o empatía, la cultura vuelve a ocupar ese espacio. Y esta vez, la interpelación llegó desde un escenario global, con voz puertorriqueña.

No fue un eslogan vacío. Fue una pregunta lanzada al poder: ¿hasta cuándo una política migratoria basada en el castigo seguirá definiendo quién merece dignidad?

[COLUMNA] «No procesable» e «inimputable» no son lo mismo

En Puerto Rico, cada vez que un caso criminal de alto perfil involucra a una persona con aparentes condiciones mentales, surge una frase que se repite casi como un veredicto popular: “no es procesable”. En otros momentos, la palabra que domina el debate es “inimputable”. El problema es que, aunque suenan parecidas, no significan lo mismo. Confundirlas no es un error menor: distorsiona la discusión pública, erosiona la confianza en el sistema de justicia y crea falsas narrativas de impunidad.

Dos conceptos distintos que no deben mezclarse

La diferencia entre una persona no procesable y una persona inimputable no es semántica; es jurídica y fundamental.

La no procesabilidad es un concepto procesal. Se refiere a la capacidad actual de una persona para enfrentar el proceso penal. El sistema de justicia exige que el acusado pueda comprender lo que ocurre en sala y colaborar con su defensa. Si una persona, por una condición mental o de comunicación, no puede hacerlo, el Estado está impedido de juzgarla o sentenciarla en ese momento. No porque sea inocente, ni porque el delito no exista, sino porque el proceso dejaría de ser justo.

Por eso, las Reglas de Procedimiento Criminal prohíben continuar el juicio cuando el acusado está mentalmente incapacitado. El caso no se cae: se suspende. Si la persona recupera su capacidad, el proceso puede reanudarse.

La inimputabilidad, en cambio, es un concepto sustantivo. No mira el presente, sino el momento en que ocurrió el hecho. Una persona inimputable es aquella que, al cometer el delito, carecía de la capacidad mental para comprender la ilicitud de su conducta o para actuar conforme a esa comprensión. En términos simples: no puede ser responsabilizada penalmente, aunque hoy esté plenamente consciente y pueda sentarse frente a un juez.

El error que alimenta la indignación

En el debate público se suele decir que alguien “sale libre porque no es procesable”. Esa afirmación es, en la mayoría de los casos, incorrecta. La no procesabilidad no equivale a libertad automática ni a exoneración penal. Conlleva evaluaciones médicas, medidas de tratamiento y revisiones periódicas ordenadas por el tribunal.

Más aún: una persona puede ser no procesable hoy y plenamente imputable mañana, si recupera la capacidad necesaria para enfrentar juicio. Del mismo modo, una persona puede ser procesable pero inimputable, lo que significa que el proceso se lleva a cabo, pero el resultado no puede ser una condena penal.

Cuando el lenguaje distorsiona la justicia

Usar indistintamente “no procesable” e “inimputable” no solo es un error técnico. Es una forma de desinformación que genera la percepción de que el sistema protege al agresor y abandona a las víctimas. La realidad es más compleja y, precisamente por eso, exige rigor.

La justicia no se debilita cuando respeta el debido proceso; se debilita cuando el debate público se construye sobre conceptos mal entendidos. En un país donde la violencia y la criminalidad generan emociones legítimas, la precisión del lenguaje es una forma de responsabilidad social.

No toda persona que no puede ser juzgada hoy es inocente.

No toda persona que no puede ser castigada es irresponsable moralmente.

Pero solo entendiendo la diferencia entre no procesable e inimputable podemos exigir justicia sin sacrificar derechos, y verdad sin caer en consignas fáciles. En tiempos de ruido, llamar las cosas por su nombre también es un acto de justicia.

La influenza: epidemia anunciada

Que el Departamento de Salud haya decretado una epidemia de influenza en Puerto Rico no debería sorprender a nadie. Las cifras ya venían en ascenso desde semanas antes. Lo que sí merece un análisis honesto —y sin rodeos— es cómo las aglomeraciones multitudinarias de público, celebradas sin mayores controles, terminan funcionando como aceleradores silenciosos de contagios.

Las recientes Fiestas de la Calle San Sebastián, con una asistencia estimada en más de un millón de personas en apenas cuatro días, representan un ejemplo perfecto de esa realidad incómoda que a veces preferimos ignorar: la cultura del festejo masivo y la salud pública no siempre caminan de la mano.

El escenario perfecto para la propagación

La influenza no es un virus exótico ni misterioso. Se transmite por gotas respiratorias: hablar, gritar, cantar, toser, estornudar. Justo lo que ocurre —de manera intensa y constante— en eventos multitudinarios. Calles estrechas, cuerpos pegados, filas interminables, consumo de alcohol que reduce precauciones y personas que asisten aun con síntomas leves porque “no es nada”.

Todo eso configura un escenario ideal para que un virus respiratorio circule sin resistencia.

Nadie necesita un doctorado en epidemiología para entenderlo: cuando juntas a cientos de miles de personas durante horas, el contagio deja de ser una posibilidad y se convierte en una probabilidad.

El problema no es la fiesta, es la negación

Es importante decirlo claro: la epidemia no comenzó en la SanSe. La transmisión comunitaria ya estaba activa y sostenida. Pero eventos de esta magnitud no ocurren en el vacío. Funcionan como multiplicadores, como gasolina sobre una llama ya encendida.

Negarlo es irresponsable.

El argumento de que “no hay evidencia directa” suele usarse como escudo político, pero en salud pública no siempre se espera la evidencia perfecta para reconocer patrones claros. El periodo de incubación de la influenza —de uno a cuatro días— coincide con los picos de casos reportados posteriormente. Eso no prueba causalidad absoluta, pero sí una relación plausible y predecible.

¿Dónde estuvo el mensaje preventivo?

Si el gobierno sabía —como ahora reconoce— que la influenza estaba fuera de control, ¿por qué no se reforzó el mensaje preventivo antes y durante los eventos?

¿Dónde estaban las campañas visibles de vacunación, el llamado a no asistir con síntomas, el uso voluntario de mascarillas en áreas congestionadas, o incluso advertencias claras al público?

La respuesta es incómoda: nadie quiso ser el aguafiestas.

La salud pública volvió a ceder ante la presión del turismo, la economía informal y la narrativa de “normalidad”, aun cuando los datos advertían lo contrario.

Cultura vs. responsabilidad

Puerto Rico tiene todo el derecho a celebrar sus tradiciones. Pero también tiene la obligación de aprender de sus propias crisis. Después de pandemias, huracanes, terremotos y emergencias sanitarias, insistir en que las aglomeraciones no tienen consecuencias es una forma de autoengaño colectivo.

No se trata de cancelar eventos, sino de organizarlos con responsabilidad, transparencia y medidas claras cuando el contexto epidemiológico así lo exige.

El costo invisible

La epidemia no se mide solo en estadísticas. Se mide en salas de emergencia llenas, ausencias laborales, adultos mayores hospitalizados, niños enfermos, y muertes que, en algunos casos, pudieron evitarse.

Las multitudes no enferman solas. Enferman a otros cuando regresan a sus casas, trabajos y escuelas.

Las aglomeraciones multitudinarias no son las villanas únicas de esta epidemia, pero sí fueron cómplices silenciosas. Ignorarlo es repetir el mismo error: actuar cuando el sistema colapsa, no cuando aún se puede prevenir.

La influenza no distingue entre fiesta y rutina. Y el virus no pide permiso para propagarse.